Una vez, en Marsella, ciudad situada en Francia, hubo dos amigos… Uno de ellos se llamaba Honoré. Este era un chico apuesto, de ojos claros y cabello rubio. Era un chico muy pesimista, pues pensaba que todo en la vida eran desgracias y obstáculos insalvables. El otro chico se llamaba Emile. Era un chico alto, de pelo cobrizo, y ojos muy oscuros, que irradiaban una gran serenidad. Este chico era muy oscuro e inexpresivo.
Una vez, paseando Emile por el parque Borély, muy famoso en la ciudad marsellesa, encontró a Honoré desolado. Emile, inspirando una gran confianza, se acercó a su amigo.
- ¿Qué te ocurre Honoré? – Preguntó
- La amo…
- ¿De quién me hablas? – Volvió a preguntar
- Aurélie…
Tras pronunciar Honoré el nombre de la chica, este rompió a llorar, mientras Emile callaba de forma misteriosa.
- Se valiente, dile todo cuanto sientes por ella… - Dijo Emile
- Estoy seguro de que su respuesta será negativa, y si me dice que no, me veré sumido en el dolor y una eterna tristeza se apoderará de mí – Respondió
Emile apreciaba que los sentimientos de su amigo eran completamente veraces, lo cual hizo que este expresara gran parte de sus ideas.
- Honoré… La vida es como un juego de cartas… Uno comienza con un número determinado de cartas y, puedes o ganarlas o perderlas. Si las consigues todas, habrás ganado el juego – Dijo Emile
- Pero, lo he perdido todo... He perdido mi humor, mi felicidad, mi sonrisa y mi valor como persona… - Respondió Honoré
- Aun te queda una carta… Ella es lo único que te queda, ella es el motivo por el cual, cuando amanece el día, tu haces el esfuerzo por vivirlo. Ella, es el único motivo por el cual sufrirías la más inhumana de las torturas con el único fin de no ver de sus ojos una sola lágrima brotar…Solo por ella, morirías. Por eso, tienes que jugar tu última carta, y arriesgar, pues si no lo haces, tarde o temprano, verdaderamente perderás todo.
Pasados diez años, Honoré estaba felizmente casado con Aurélie, una mujer preciosa, de cabello brillante, y ojos cristalinos cual agua del más puro manantial. Las cosas habían marchado bien para Honoré, pero este desconocía como había transcurrido la vida de Emile, por lo cual decidió escribir la siguiente carta:
‘’ Hola Emile, ¿Cómo te van las cosas? Yo ahora estoy felizmente casado con Aurélie… Quería darte las gracias por todos esos consejos que me diste aquel trece de Abril en el parque Borély, cuando había perdido toda esperanza... He de decirte que has sido para mí con un hermano, y me encantaría volver a contactar contigo. Espero con impaciencia tu respuesta. Un abrazo de tu amigo, Honoré. ‘’
Sin embargo, la respuesta nunca llego… Años atrás, en la primera cita entre Honoré y Aurélie, Emile caminaba cerca de ellos de forma misteriosa, observando la bella imagen de la pareja. Su cara era una mezcla entre alegría y dolor. De repente, Emile, saco un recipiente de su bolsillo, y observandolo durante un tiempo, volvió a guardarlo, saco un papel y un lápiz, y escribió algo en él… Este, lo dejo cerca del joven Honoré…
‘’Lo último que te pido… Es que la cuides como si en ello te fuera la vida. Se de sobra que yo no soy digno de semejante princesa, y sin embargo, se que contigo será feliz, por ello… Ámala…’’