Resquicios de luz que buscan su rutinario lugar tras las grietas de una persiana grisácea, parsimonia, tranquilidad de saber que has despertado de un trance catatónico. Tener la certeza de que el dolor es sencillamente como un problema, un dilema que puede ser un granito de arena para unos, y una montaña para otros. El reconfortante calor dentro de ti. Da igual el frío que haga ahí fuera, no importa si su mirada impacta en ti tratando de desarmar tu seguridad. El ayer se ha acabado, hoy es hoy.
Tiempos pasados, un espejo que reflejaba simples y llanas ideas de auto-compasión. El hecatombe del cual pensabas que jamás escaparías, el temblor de tu propio reflejo, reflejo de inseguridad, alimentada por presagios de fracaso. Te decías a ti mismo ''¿Será ella demasiado para mí? ¿Seré yo poco para ella? ¿Es su áureo rostro una sencilla treta para sumirme en mi propia indignación?''. Parecías tonto. Tonto, como cualquier enamorado.
Tonto eras, no por querer, sino por negarte a olvidar.
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